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Entrevista a Paul B. Preciado

Paul B. Preciado: “Qué te llamen por el nombre que has decidido es un acto poético y político extrarodinario”

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Convertido en máximo referente de las teorías queer y después de reflexionar desde la filosofía con textos como Manifiesto contrasexual (2002) o Un apartamento en Urano (2019) Paul B. Preciado (Burgos, 1970) se adentra en la representación audiovisual de las personas trans a través una versión del Orlando de Virginia Woolf que es al mismo tiempo una particular biografía política del autor unida a lo colectivo y un cambio de paradigma total en la representación que históricamente ha hecho la industria audiovisual de las personas trans. Estrenada en la sección Encounters de la pasada Berlinale, -donde recibió cuatro premios-, Orlando, mi biografía política, se ha presentado en Zabaltegi-Tabakalera del Zinemaldi como anticipo a su estreno en los cines el próximo día 11 de octubre.

 ¿Qué valoración hace de la representación histórica de las personas trans en el audiovisual?

La representación trans se ha hecho desde una mirada binaria muy normativa. En esa representación ha habido dos registros fundamentales. Uno, un registro patologizante, de película de horror en el que la persona trans aparece como si fuera un asesino y al final de la película tiene que ser asesinado igualmente. El epítome de esa genealogía visual es Psicosis, de Hitchcock. Esa tradición en la línea de Psicosis es larguísima y llega hasta ahora mismo. El otro registro es el del porno exótico, en el que la persona trans tiene que aparecer en algún momento desnuda y hacer de ese momento una revelación de la anatomía. En muchas películas aparece el momento de la operación filmado como una especie de porno gore. Se ha representado como un momento terrorífico, como si fuera una especie de castración o mutilación. Los registros de representación de lo trans han sido históricamente patologizantes. Eso continúa ahora incluso con películas que tenemos en el Festival, tal vez de una manera más azucarada.

Orlando rompe con esa formulación visual anterior para representar a las personas trans. ¿Desde donde ha partido y qué referentes audiovisuales ha tenido?

 Al principio no sabía que película iba a hacer pero sí sabía qué película no quería hacer. Sabía que no quería filmar el proceso de opresión sino que quería filmar el proceso de emancipación política, que para mí es totalmente distinto. En ese sentido tenía muchos referentes que me ayudaron también a imaginar, a pensar y hacer otras imágenes, a inventar otro lenguaje visual tanto trans como no trans. He tenido dos referencias, tal vez distantes. Un referente, que llamaría del cine filosófico, que sería Godard con Historie(s) du Cinema, Masculine féminin o La Chinoise. Godard ha sido muy importante para mí porque muchas preguntas que me hacía desde un punto de vista formal, él ya las había resuelto pero, claro, desde una mirada muy masculina y binaria. Y aquí ya tendría otros referentes como Un chant d’amour, de Jean Genet, la adaptación que hace  Fassbinder de Querelle, incluso el primer corto de Almodóvar, que es una adaptación de Salomé de Oscar Wilde. Evidentemente también del cine de John Waters, Bruce LaBruce, Rosa von Praunheim y toda la cultura underground de la imagen que no tiene que ver con la representación de lo trans sino que trata de generar un lenguaje disidente que también está en el cine underground queer y en parte del cine underground trans como la película de Hans Scheirl Dandy Dust, una película totalmente punk que ha sido muy inspiradora para mí. En mi película la estética no es punk como tal porque está muy cuidada, pero de alguna manera quise hacer la película como un fanzine, un corta y pega. Está hecha en formato digital pero si la hubiera rodado en analógico la hubiera hecho igual. He tenido poquísimos medios, casi todo lo he hecho en casa, desde el vestuario hasta la escritura.

 ¿Cómo se puede integrar la representación trans en el mainstream? 

La cuestión no es tanto como integrar algo en el mainstream. El problema es que siempre imaginamos que el público es binario, heterosexual, masculino y normativo pero no es verdad. Nunca pensé en el público que vería Orlando pero siempre imaginé que sería “orlandesco”, que está mutando, que está haciéndose preguntas constantemente, que es un público inteligente. No me gustan los directores que dicen “esto no lo entiende el público” porque al final cada película construye un público y lo modifica. El público tiene una potencialidad en la mirada increíble. Cuando presenté la película en Berlín, en la sala había personas de todo tipo, de todos los ámbitos y al finalizar la película se miraban y se reconocían diciendo “estamos en esto juntos”. Eso es lo que quería generar, que se dieran cuenta de que estamos viviendo un momento “orlandesco” colectivamente, que estamos mutando juntos y quería invitar a cualquier persona a  que se una a ese proceso de transformación. Tras su paso por los cines se proyectará en abierto a las 8 h de la tarde en ARTE y no veo mayor complicación. Por ejemplo, a la proyección de ayer vinieron mis padres. Mi padre tiene 92 años, siempre me ha dicho “te aprecian mucho en el extranjero pero no entiendo lo que haces”. Ayer vino y me dijo: “lo he entendido todo. Qué mensaje das al mundo tan bonito. Me voy a morir y me muero contentísimo viendo que las cosas van para mejor”. Igual eso es la maravilla de hacer cine, que es una industria supervalorada y puedes llegar a otros colectivos.

En la película participan muchas personas que se presentan como diferentes “orlandos”. ¿Era fundamental esa representación colectiva?

 Me di cuenta que mi biografía no podría ser escrita sino como una biografía colectiva, que la historia de mi vida no tiene mayor importancia sino es dentro de esa historia colectiva. Surgió también cuando hice el casting para encontrar a los “orlandos”, aunque a algunos ya los conocía, como Jenny Bel’Air, una activista histórica en Francia, porque tenía claro que ciertas personas tenían que aparecer en la película. Lo maravilloso fue que se presentaron 100 personas y cada una decía “yo soy Orlando y te voy a explicar porqué”. Eso me maravilló y acabo confirmando cinematográficamente la idea inicial que teníamos de que fueran varias las personas que representaran a Orlando. Al empezar a trabajar juntos colectivamente tanto la persona de 8 años como la de 78 hablaban y decían: “tu vida depende de la mía y la mía de la tuya”. El propio rodaje fue un proceso muy enriquecedor.

Comentaba que antes de iniciar el proyecto de Orlando consideraba el cine como algo demasiado comercial alejado de la práctica artística. 

Comercial, normativo….No sólo desde la cuestión de la militancia, lo consideraba como un ámbito en el que no puedes desarrollar suficientemente tu creatividad artística porque estás sometido a los puntos de vista de productores, televisiones, etc. Cuando eres filósofo es muy importante que tengas un campo de experimentación lingüística lo más amplio posible. En el caso del cine he tenido que defender ese espacio de libertad. He tenido muy poco presupuesto pero también ha habido una relación proporcional entre poco presupuesto y mucha libertad artística. Eso el espectador lo tiene que percibir en la pantalla porque a veces mira una pantalla y no ve lo que hay detrás. Lo que hay detrás es una industria comercial y no es lo mismo ver una película que ha costado 100.000 euros que 10 millones. En el cine cada detalle cuenta, eso lo he cuidado mucho. Por ejemplo, la persona que ha hecho la dirección de fotografía, ha trabajado con artistas, es migrante, LGTBI, tiene una mirada muy especial. No hubiera podido trabajar con alguien que simplemente coge la cámara. Y es así en cada caso, el montador es palestino…He vivido todo este proceso como algo más filosófico y artístico que en otras películas que pueda haber en el festival que están hechas de otra manera.

Era muy importante para usted tener esa coherencia ética en todo el proceso de trabajo.

Sí, importantísimo. Han habido momentos de transformación para todo el mundo que ha participado, incluidas mis productoras, que al principio no entendían nada de lo que yo quería hacer. Quince días de iniciar el proceso de casting llegaban a los sitios decían a la gente “estamos haciendo una película no binaria”, y yo pensaba ¡como se han puesto las pilas estas mujeres!. Se han convertido en dos transfeministas increíbles. Es alucinante lo que este proyecto ha podido generar.

 También hay una crítica a la violencia institucional sobre las personas trans.

Imaginaros que estuviéramos atravesando un periodo como la Revolución Francesa y la gente no se diera cuenta. En parte, el hecho de vivir en una sociedad neoliberal como la nuestra, es que incluso la posibilidad de imaginar, la posibilidad de la esperanza, el cambio, la imaginación ya ha sido capturada. La gente vive en un estado de violencia y letargo constante. Lo que quería con la película es que la gente se diera cuenta de que el hecho de llevar un nombre, el nombre que tu quieres llevar y que la gente te llame por tu nombre, no está ya dado. Es un acto de reconocimiento y un cuidado político extraordinario. Es un acto poético que nadie te puede quitar, es un momento maravilloso. Qué cuando atravieses una frontera te digan: pase. Pero eso no está dado, sucede por una serie de convenciones y porque alguien te respete y te considere un sujeto político. Quería imaginar otro mundo colectivamente y decir a la gente que nuestra forma de vida está mejor porque se vive mejor en un mundo sin violencia que con violencia, redistribuyendo el poder que en una sociedad jerárquica; se vive mejor poéticamente que bajo la ley. No creo que nadie se pueda negar a eso.

Texto por Juan Arteaga Villar. Festival de San Sebastián 2023

*Entrevista publicada originalmente en la web El Contraplano el 28 de septiembre de 2023